Lo que duerme bajo la piedra.
Hay conocimientos que se encuentran en los libros.
Otros exigen silencio, paciencia... y dejar de apartar la mirada.
Esta noche solo quería aprender.
Pero hay lugares donde incluso el silencio parece tener algo que enseñar.
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Parece que el hogar todavía sabía esperarme.
Me marché durante un tiempo. Quería comprobar si en otros lugares la vida era más amable, la gente menos complicada o simplemente había algo mejor esperando al otro lado del camino.
Taco y Ruffus no hicieron preguntas. Solo vinieron conmigo.
Al final resulta que tuve que marcharme para descubrir algo bastante extraño: estaba cómoda aquí.
Así que hemos vuelto.
Esta vez pienso buscar un trabajo estable, cuidar de esta pequeña casa y probar eso que algunos llaman echar raíces. Veremos cuánto duran.
Por ahora, tengo un techo, dos guardianes demasiado consentidos y un muelle donde meter los pies en el agua al final del día.
Supongo que no necesito mucho más.
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Hay recuerdos que deberían aprender a quedarse donde los dejamos.
Anoche volví allí. Todo estaba exactamente como entonces. El silencio, la tierra, aquella despedida que nunca fue suficiente.
Últimamente apareces demasiado en mis sueños.
Quizá sea porque pienso demasiado en el pasado.
O quizá porque cada vez me cuesta más aceptar que deba seguir siendo eso: pasado.
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Otros caminos
Empiezo a comprender que aprender no consiste únicamente en descubrir qué puedes hacer, sino en averiguar cuánto existe todavía que desconoces.
Dicen que hay otros caminos. Otras formas de hacer las cosas. Quizá incluso respuestas distintas para una misma pregunta.
No sé adónde lleva ninguno.
Pero si existe uno que conduzca hasta la respuesta que busco, pienso encontrarlo.
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Lo que responde cuando llamas
He tenido una de esas pesadillas que dejan una sensación desagradable incluso horas después de despertar.
Estaba en un bosque, de noche, bajo una luna rojiza. A lo lejos había una iglesia. El lugar me resultaba familiar, quizá algún recuerdo deformado de Rhodes.
Un humo oscuro, atravesado por destellos violetas, comenzó a rodearme. Intenté apartarlo, pero no obedecía. Cuanto más lo intentaba, más me envolvía.
Entre los árboles había figuras. Personas. Animales. Ninguna parecía estar viva.
Frente a mí, una mesa con libros, objetos extraños y un cráneo. No sé de quién era. Mi cabeza tuvo la amabilidad de no aclararlo.
Pero lo peor era otra cosa.
Esperaba a alguien.
No recuerdo quién. Ni un rostro. Solo sabía que debía aparecer.
Esperé.
No apareció nadie.
Las figuras se acercaron.
Y desperté.
Mi casa. Mis ventanas. Ningún bosque, iglesia, humo ni muerto.
Lo comprobé dos veces. Por si acaso.
Supongo que mi cabeza sigue trabajando mientras duermo.
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1912-Dos años después.
Terminé en New Austin.
No estaba buscando Saint Hollow. Mucho menos esperaba encontrar allí rostros pertenecientes a una vida que creía terminada.
Pero uno empieza a reconocer voces, nombres y caras.
Algunas habían cambiado.
Yo también.
Esta vez llegué sola y tuve que aprender a construir una vida que ya no estaba pensada para dos. Encontré trabajo en La Herradura Negra, llené mis días de caballos y acabé encontrando también nuevas personas a las que querer cerca.
Y entonces New Austin decidió recordarme que la tranquilidad nunca había sido uno de mis talentos.
He visto nieblas que escondían demasiado, rostros conocidos perteneciendo a cosas que no lo eran, desapariciones y suficientes acontecimientos extraños para retirar definitivamente de mi vocabulario: «Eso no puede pasar.»
En 1910 creía que sobrevivir significaba seguir avanzando.
En 1912 empiezo a pensar que, a veces, sobrevivir consiste en dejar de huir.
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1910 - Donde empezó todo.
A veces resulta extraño pensar que todo empezó con un tren.
Era 1910 cuando Frank y yo llegamos a Saint Hollow. Veníamos de una vida que ya no existía, de una casa convertida en cenizas y de dos nombres sobre los que preferíamos que nadie hiciera demasiadas preguntas.
Así que seguimos hacia el oeste buscando algo parecido a un nuevo comienzo.
Trabajamos. Compramos caballos. Adopté un perro. Convertimos una casa en nuestro hogar y, durante un tiempo, llegué a pensar que quizá habíamos encontrado nuestro sitio.
Saint Hollow también me enseñó que decir «eso es imposible» es una forma estupenda de conseguir que el condado intente demostrarte lo contrario.
Después perdí a Frank.
Rhodes se llenó de demasiados recuerdos y comprendí que quedarme significaba vivir mirando hacia atrás. Recogí lo poco que todavía me pertenecía y me marché antes de que Saint Hollow terminara de romperse.
No estuve allí cuando ocurrió el desastre.
Solo supe después lo que había sucedido.
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